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Índice de esta etapa:

Fecha Actividad Tramo Distancia (Km) Asc. Acc. (m) Desc. Acc. (m) GPX Perfil
8-Nov-18 Bici De Mangawhai Heads a las cuevas Abbey (Whangarei) 82.8 713 609 GPX Perfil
9-Nov-18 Excursión Bici De las cuevas Abbey a las cascadas Whangarei 15.9 67 42 GPX Perfil
10-Nov-18 Bici De las cascadas Whangarei a Tutukaka 23.6 156 222 GPX Perfil
11-Nov-18 SCUBA Islas Poor Knights          
12-Nov-18 Bici De Tutukaka a MimiWhangata 36.5 419 414 GPX Perfil
13-Nov-18 Bici De MimiWhangata a la Bahía Taupiri 38.7 624 644 GPX Perfil
14-Nov-18 Bici De la Bahía Taupiri a Russel 27.9 269 297 GPX Perfil
15-Nov-18 Excursión Isla Urupukapuka 8 184 167 GPX Perfil
17-Nov-18 Bici De Russel a la isla Aroha 33.7 300 327 GPX Perfil
18-Nov-18 Bici De la isla Aroha a la Bahía Tauranga 55.7 698 708 GPX Perfil
19-Nov-18 Bici De la Bahía Tauranga a Mangonui 44.6 314 294 GPX Perfil
20-Nov-18 Bici De Mangonui a Pukonui 63.9 276 286 GPX Perfil
21-Nov-18 Bici De Pukonui a Waitiki 49.7 261 273 GPX Perfil
22-Nov-18 Bici De Waitiki al campamento Bluff 75.5 678 686 GPX Perfil

 

7-22 de Noviembre de 2018: Northland (Costa Este)

Nuestro primer día en Northland todavía discurre por zonas ganaderas y por supuesto de subidas y bajadas sin parar. No son muy largas ni muy empinadas, pero al final del día acaban siendo un rompe-piernas. Estamos convencido de que la fuerza de la gravedad en Nueva Zelanda depende de si subes o bajas. Por supuesto, siendo mayor cuando subes. Si fuera igual, debería ser posible remontar la subida que viene al final de la bajada sin pedalear, cuando ambas son aproximadamente de la misma altura. Sí, sí, ya sabemos el rollo del rozamiento con la carretera y la fricción del aire. ¡Pero es que no llegamos ni a un cuarto de la subida! Aquí hay algo más. ¿Se conoce de alguien que haya demostrado que las leyes de la física clásica funcionan igual en el hemisferio Sur que en el Norte?

La primera noche nos alojamos en el Little Earth lodge, un lugar que nos hace recordar la canción “Hotel California”. Todo es un poco misterioso, incluso místico. La abuela que nos recibe se deshace en agasajos. Una pareja de jóvenes bien parecidos nos saluda eufóricamente desde el porche de la cocina y alaba nuestra proeza de llegar en bici. El pasillo largo que lleva hasta nuestra habitación, la más alejada de la salida, tiene un par de budas y está iluminado tenuemente. La abuela tiene prisa en que nos apuntemos en el libro de registro. Es casi como si estuviéramos firmando un contrato. Es entonces cuando recordamos aquella parte de “you can check out any time you like, but you can never leave”. A la mañana siguiente todo parece normal y creemos que probablemente podremos salir del lugar sin problemas.

Desde el lodge empezamos una excursión a pie a las Abbey caves, tres cuevas donde habitan gusanos luminosos (glow worms). No, no hemos consumido ningún tipo de droga. Por lo menos conscientemente. Quizás el agua del lodge… Estos gusanos luminosos son una de las 4 fases en la vida de un insecto parecido a un mosquito. En la fase de larva, tiene forma de gusano y vive en cuevas oscuras y húmedas. El gusano tiene el aparato digestivo al final del cuerpo y usa las sustancias que su cuerpo va a desechar como combustible en una reacción química que produce una luz azul brillante. La intensidad de la luz varía en función de la cantidad de oxígeno que el gusano usa para la reacción. Estos gusanos cuelgan del techo unos finos filamentos de unos 5 a 10 cm de largo, impregnados de una sustancia pegajosa que ellos mismos segregan. Los insectos voladores que se aventuran en la cueva, son atraídos por la luz azulada y se quedan pegados en los filamentos. El gusano desde el techo nota las vibraciones angustiosas de su presa y solamente tiene que recoger su sedal para acercarse la víctima a la boca.

Una vez dentro de la primera cueva, apagamos los frontales y nos quedamos a oscuras. A medida que nuestros ojos se adaptan a la oscuridad, como por arte de magia, empiezan a apareces puntitos azules en el techo. La sensación es parecida a estar mirando las estrellas ¡pero bajo tierra! Estas cuevas son en realidad parte de un río subterráneo que se ha hecho camino a base de erosionar la piedra caliza. En ocasiones el río nos cubre hasta medio muslo, pero durante la mayoría del trayecto el agua sólo nos llega a la pantorrilla. En un remanso vemos una anguila que resulta ser una especie protegida. En ese momento nos recordamos de la escena de Gollum en su caverna devorando a mordiscos un pez todavía coleando. A ver si la abuela del alojamiento resulta ser un secuaz de Mordor… Las cuevas están unidas por cortos trechos que discurren por prados con florecillas. Hay otros turistas visitando las cuevas, pero no van tan bien equipados como nosotros y se pierden el espectáculo mágico de los gusanos luminosos. Eso sí, no se pierden la escena de ver pasear dos chalados disfrazados con casco y culotte de bici, frontales y zapatillas de goma por los prados. Es que con lo cerca que están una cueva de la otra no vale la pena quitarse todo el equipo.

De regreso a alojamiento, empezamos a montar las alforjas en las bicis cuando la abuela viene a preguntarnos sobre la visita. Le explicamos que nos ha gustado mucho, que muy bien, tal y cual. Nos parece ver en sus ojos unas chispitas de colorines así que nos apresuramos a acabar los preparativos no sea que nos esté intentando hipnotizar para convencernos de que nos quedemos otra noche.

De hecho nuestra ruta en bici hoy es muy corta, solamente nos desplazamos unos 5 km. hasta el camping al lado de la cascadas de Whangarei. Después de montar la tienda nos vamos de excursión a ver las cascadas, el bosque de Kauris cercano y un monumento maorí en las cercanías. Los Kauris son unos árboles centenarios, incluso milenarios, que no habíamos llegado a ver en nuestros otros viajes a Nueva Zelanda. El monumento maorí es en recuerdo a una masacre entre tribus. Es una historia que ya hemos oído varias veces y que parece repetirse por diferentes puntos de la geografía de esta zona. Una tribu ataca el pueblo fortificado de otra tribu y la aniquila. El lugar se convierte en tabú (tapu en maorí) y sagrado y nadie puede pisar en él. En algún momento se celebra una ceremonia para levantar el tapu y el lugar pasa a ser accesible, pero aun sagrado.

Desde Whangarei nos dirigimos hacia la costa Este donde seguiremos nuestro camino hacia el Norte resiguiendo las calas y bahías de una costa escarpada, de aguas frías y azul intenso. Nuestra primera parada es Tutukaka, cuyo principal interés es su cercanía a las islas Poor Knights, una reserva marina catalogada como uno de los 10 mejores sitios en el mundo para hacer submarinismo. Hace 30 años que hicimos el curso PADI en Barcelona y al menos 10 desde nuestra última inmersión en Hawaii, así que nos apuntamos a la opción de dos inmersiones, la primera en privado para refrescar los conocimientos básicos y la segunda con un grupo poco experto. Durante la primera consumimos la mitad del aire con los ejercicios de refresco. Con lo que nos queda, empezamos a aletear pero estamos más preocupados en controlar nuestra profundidad que en apreciar la flora y fauna. Durante la segunda inmersión ya vamos más relajados y, además de bancos de peces, vemos varias cosas interesantes como algunos nudibranquios, un banco de medusas diminutas, esponjas de varios colores y un pez protegiendo sus huevos pegados a la roca. ¡El agua está a 16 grados Celsius! Incluso con el chaleco de neopreno y el traje de 7 mm, salimos temblando de frío. En cubierta ya nos tienen preparado té y chocolate caliente para parar los temblores. Algunos de los otros compañeros tiritan tan salvajemente que no pueden sostener el vaso sin verter el contenido.

El recorrido en bicicleta por la costa, aunque dura por el constante subir y bajar, es precioso, gracias en parte a los días soleados que estamos teniendo. La arena de las playas es dorada y hace resaltar el agua azul. Las olas se convierten en una espuma blanca luminosa al romper contra los agrestes acantilados que separan las calas. Escogemos carreteras secundarias y caminos de tierra para mantenernos tan pegados a la costa como podemos. En una ocasión, incluso pedaleamos por la arena de la playa para unir dos caminos desconectados en el mapa. Por suerte es marea baja y la arena está suficientemente dura como para pedalear por ella sin dificultad. Desde los miradores se ven vistas espectaculares. La arena se ve como una estrecha franja entre el verde de la vegetación y el azul del mar.

Los campings donde pasamos las noches son geniales: césped mullido donde plantar la tienda y vistas directas al mar desde primera fila. Los mejores son los que están en calas pequeñas y sobre todo si estamos solos como ha pasado en varias ocasiones. Todavía no nos hemos acostumbrado a estar sentados en la hierba, bajo un helecho gigante viendo cómo rompen las olas. Uno de los mejores fue en la Bahía Waikahoa, cerca de Mimiwhangata. Es un camping del DOC, o sea, básico. La ducha es una manguera conectada a un depósito que recoge agua de lluvia y el váter no tiene agua corriente.

Para llegar a éste, tenemos que empujar las bicis cuesta arriba por unas escaleras empinadas y estrechas. Mientras Judit empuja desde atrás, Cèsar empuja desde el manillar. En un momento Cèsar resbala y para evitar irse ladera abajo se agarra de la alforja. ¡Catacrak! El portapaquetes no está diseñado para esa carga lateral. Afortunadamente, se ha partido la pieza que conectaba el cuadro de la bici al portapaquetes y no el portapaquetes en sí. Después de montar el campamento llega el momento de la reparación. La situación empeora cuando al intentar aflojar el tornillo que sujeta la pieza rota al cuadro, la cabeza del tornillo se rompe. El agujero de cuadro de la bici donde se atornilla el portapaquetes ha quedado inservible, ocupado por un tornillo sin cabeza. En ese momento toda la magia de la playa solitaria y remota se convierte en un serio problema. Quizás podemos aprovechar el tornillo que sujeta las pastillas del freno de disco. Rebuscando entre los recambios que llevamos aparece una chapa metálica que puede funcionar. La adaptación requiere numerosos intentos fallidos, pero después de un par de horas lo conseguimos. Como dice Judit, donde hay un problema, hay una solución. La bahía vuelve a ser maravillosa.

Al cabo de unos días llegamos a Russel, en la “Bay of the Islands”. Russel es un pueblito con cierto encanto, dedicado al turismo por completo. En las laderas de las colinas que lo envuelven pueden verse mansiones victorianas con vistas a la bahía. Esta bahía es una zona muy turística, con más de 140 islas e islotes y numerosas actividades para visitantes como ferris a la isla mayor, salidas a ver delfines, etc. Uno de los días nos vamos a recorrer la isla Urupukapuka, una de las más alejadas de la bahía. La parte de la isla más remota es la mejor: acantilados brutales, playas suaves y unas vistas sin obstrucción desde cualquiera de la cima de sus colinas. También tiene una gran variedad de aves, que ya vamos reconociendo después de nuestra visita a la reserva de Tiritiri Matangi. Incluso vemos una colonia de una especie de cormorán (Pied Shag) anidando en las ramas de unos árboles directamente sobre el agua.

Cuando nos vamos de Russel, cruzamos la bahía en ferry hasta Paihia y seguimos el recorrido por la costa. Nuestro siguiente destino es la isla Aroha. Realmente ya no es una isla, pues está unida a tierra por una pista elevada sobre los manglares. En Aroha se supone que es fácil ver Kiwis en estado salvaje. Los kiwis son aves nocturnas, así que no es fácil verlas en libertad. Pero lo que no sabíamos es que son muy territoriales. Nos enteramos de ello de una manera entre decepcionante y cómica. Cuando la chica del centro de información nos indica donde se pueden ver los dos kiwis de la isla, Judit le pregunta:

O sea, que esta noche vamos a compartir la posibilidad de ver 2 kiwis con los otros 10 o 15 visitantes del camping en una isla de menos de medio kilómetro de punta a punta. En información nos proporcionan un papel de celofán rojo para cubrir los frontales y no asustar a los dos kiwis. Cuando salimos a caminar media hora después de que el sol se pone, nos encontramos con todos los otros visitantes esparcidos por puntos estratégicos. Si yo fuera uno de los dos kiwis, me quedaría en mi agujero toda la noche para no sentirme observado por unos cíclopes de ojo rojo. Supongo que deben tener mucha hambre o estar hartos de su agujero bajo tierra, porque al cabo de una hora de andar buscando y esperando, los oímos. Primero al macho, después a la hembra. Los sabemos reconocer porque en información hemos preguntado cómo suenan. La chica que nos ha atendido ha cogido un kiwi de peluche de la estantería de regalos y lo ha apretado para que reprodujera los sonidos que hacen. También oímos otros individuos más lejos, probablemente fuera de la isla. Al cabo de un rato nos retiramos sin verlos. Lo que más nos ha impresionado de los paneles informativos es el tamaño del huevo que pone la hembra. Una hembra es del tamaño de una gallina grande, pero el huevo que pone es del tamaño del huevo de un avestruz. Bueno, quizás la comparación es un poco exagerada, pero no mucho. ¡No nos extraña que la hembra de la isla Aroha haya dejado de poner!

Seguimos bordeando la costa Este acercándonos a la base de la península Aupouri, que nos llevará al Cabo Reinga, el extremo Norte de la isla Norte. Nuestra suerte con el buen tiempo se ha acabado. Al entrar en la península empieza a llover y el pronóstico indica lluvia para los próximos 5 días. Esta zona está más deshabitada que el resto y necesitamos planear la logística, tanto de dónde comprar suministros como para evitar mojarnos más de lo imprescindible durante los días que nos llevará llegar al Cabo Reinga. Entre borrascas hay un día de sol, que nos cuadra más o menos con el día que podríamos llegar al cabo, así que nos lanzamos a por él.

En los dos días que nos lleva llegar desde Mangonui a Waitiki nos caen unos pocos chaparrones. Se ven constantes oleadas de nubes grises que pasan de Oeste a Este. Cuando el cielo se oscurece y empiezan a caer gotas gordas, nos ponemos la chaqueta de Gore-Tex rápidamente porque ya sabemos lo que viene a continuación. La lluvia se hace más intensa y dura unos minutos. Luego empieza a menguar y deja de llover. Los nubarrones dejan paso a claros e inocentes nubes blancas. Cuando cae el chaparrón, si podemos, buscamos refugio bajo un techo o unos árboles espesos. El primero de los chaparrones nos pilla cruzando el pueblo de Waipu y nos metemos en lo que parece un aserradero para cobijarnos en el porche de la oficina. Resulta ser además un taller de artistas que trabajan la madera de Kauri. El Kauri está protegido pero ellos desenterraron un tronco ya caído, lo cual sí está permitido. El encargado nos enseña una foto del tamaño del tronco y van a tener madera para toda la vida. Sus artistas se especializan en la talla de símbolos y armas maoríes. La madera es preciosa y la piezas de arte espectaculares, especialmente cuando las combinan con cristal de colores e incluso con hueso de ballena.

Finalmente ha llegado el día en que nos plantamos en la punta septentrional de Nueva Zelanda, el Cabo Reinga. Hacemos el recorrido desde Waitiki Landing sin equipaje, pues para ir hasta nuestro próximo destino (la costa Oeste) hemos de deshacer la mayor parte del trayecto. Aunque está nublado, hay visibilidad suficiente para ver la zona donde se unen, o más bien pelean, el Mar de Tasmania con el Océano Pacífico. En esa área las olas vienen del Este y del Oeste a la vez y dibujan una línea de crestas que delimitan los dos mares. El lugar es sagrado para los Maorís pues creen que las almas parten hacia el otro mundo a través de un árbol Pohutukawa en uno de los acantilados escarpados del cabo.

El cabo Reinga marca el punto geográfico más al Norte que podemos acceder por carretera. Aquí empezamos nuestro regreso hacia Auckland, pero ahora siguiendo la costa Oeste. Nos esperan playas largas y bosques de kauris y por supuesto más subidas y bajadas. Probablemente más subidas que bajadas. Sin olvidar los chaparrones.